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Sáhara Occidental: Seis meses después

Crónica de un viaje a los campamentos (del 17 al 28 de abril de 2012)

Seis meses después del secuestro de tres cooperantes en Rabuni (capital administrativa de la RASD), regreso a los campamentos de refugiados saharauis. La primera diferencia que se percibe, nada más llegar, es el aumento de la seguridad. Dos coches de la policía fronteriza argelina nos escoltan desde el aeropuerto hasta el control militar que hay a mitad de camino hacia Rabuni. Allí nos esperan los vehículos de la gendarmería saharaui. A pesar del amparo de la compañía, no deja de flotar en la atmósfera una sensación de irrealidad, añadida a la ya de por sí surrealista situación de este lugar.

Se terminó aquel tiempo en que los campamentos parecían un oasis de paz y tranquilidad en medio de la nada, en donde el pueblo saharaui se preparaba para el regreso a la tierra prometida. La inestabilidad que recorre todo el Magreb también ha salpicado la penosa situación de desamparo de los saharauis exiliados en la hammada de Tinduf. El desastroso desenlace del dictador Libio, Muammar el-Gaddafi, ha cambiado por completo las nuevas rutas caravaneras del gran desierto. Ahora la arena huele a pólvora y metal, los de un sinfín de armas, que han entrado directamente de la mano del contrabando y el integrismo que se esconden en el Sahel.

Aquel país que parecía estar tan lejos de las Torres Gemelas de Rabuni [1] ahora suena demasiado cerca. Mali ha cambiado de la noche a la mañana, y un gran signo de interrogación es la única respuesta a todas las preguntas que uno puede hacerse acerca de las consecuencias de dicho cambio. El problema de Mali, aquel lugar que parecía tan lejano, puede estar a las puertas de las jaimas en cualquier momento. La Media Luna Roja Argelina ha sido la primera organización en atender en el sur argelino a los desplazados y refugiados malienses, que esta misma semana han aparecido también en Bechar, a unos 900 km al noreste de Tinduf. No se descarta, por parte de las autoridades saharauis este hecho. Me dicen que se está reforzando la frontera sur argelina, más que por la entrada de civiles para evitar la incursión de contrabandistas, que trafican con todo.

El secuestro ha sido un mazazo difícil de digerir, especialmente para la comunidad expatriada residente aquí. Aunque se lo guardan para sí, no dejan de percibirse en las miradas los efectos de la onda expansiva del fatídico suceso, que, de repente, se convirtió en un nuevo punto de inflexión en la vida del exilio de los refugiados. De hecho, los lugares donde se alojan en Rabuni los cooperantes se han transformado de tal manera que se acentúa el regusto a lejano oeste con los nuevos detalles: la garita, el soldado, los contenedores amurallando el recinto… Aunque ahora el toque de queda se ha retrasado a las nueve de la noche para los cooperantes, las condiciones de trabajo se han endurecido, y eso dificulta las tareas cotidianas.

Esta semana comienzan las mesas de coordinación en ayuda humanitaria y salud, que reúnen a buena parte de las organizaciones que trabajan en los campamentos de refugiados saharauis en ambos sectores. En la Mesa de Ayuda Humanitaria, que organizan la Media Luna Roja Saharaui y Cruz Roja Española, flota el recuerdo por los tres ausentes. Rosella, por ejemplo, era una cooperante muy activa, que lideraba el Grupo de Trabajo de Postmonitoreo de la Ayuda Alimentaria. Pero el trabajo tiene que continuar, a pesar del dolor.

Y es que la situación no permite relajarse. Los avances realizados en la coordinación sectorial de las ONG, que ha dado grandes pasos para que el impacto de las intervenciones deje de ser un simple parche, chocan ahora con la nueva situación mundial. La crisis económica europea, en particular la española, influye en los recortes de las ayudas, que las autoridades saharauis cifran en el 50 %. Gran parte de la cooperación descentralizada española —que mediante un número importante de pequeños proyectos permitía cubrir multitud de servicios sociales, sanitarios o de cualquier otra índole— ha pasado a engrosar de nuevo la lista de problemas a los cuales tienen que enfrentarse el pueblo saharaui; no olvidemos que el principal aporte para la supervivencia de la población refugiada sigue siendo la ayuda humanitaria. Esta ayuda se ha convertido no solo en un instrumento esencial para la supervivencia de quienes habitan los campamentos; además, ha sido utilizada como mecanismo de presión en el desarrollo político del conflicto por los distintos actores internacionales, que tratan de influir en la voluntad política del pueblo saharaui a través de recortes o refuerzos de dicha ayuda. La aportación alimentaria que proporciona el Plan Mundial de Alimentos (PMA) se presenta este año con dificultades. La reciente incorporación del Stock de Seguridad —provisto con fondos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la Agencia Catalana para la Cooperación y el Desarrollo (ACCD) y gestionado por Cruz Roja Española— minimizará los constantes retrasos en la llegada de la Canasta Básica, que reparte el PMA, y que aún no ha conseguido cubrir todo el presupuesto previsto para el presente periodo.

La seguridad es otro de los problemas. No su ausencia, sino más bien el impacto del secuestro. Las comisiones médicas que suelen viajar con voluntarios españoles, así como cualquier personal técnico requerido en alguno de los proyectos, que no tiene por qué estar vinculado con el conflicto, pueden verse afectadas, principalmente, por la influencia de sus familiares, y sobre todo, por esa neblina que se apodera del telespectador que se nutre de titulares. La seguridad saharaui, se presenta eficiente, más aun en las zonas no habitadas y bajo control de la RASD; reforzada por unidades especiales de intervención inmediata, sin embargo, a ojos del visitante, permanece escondida, más allá de los núcleos habitados, cuya seguridad ya garantiza la gendarmería saharaui.

Los problemas internos también afectan. Aunque solo nos llegue como un ligero eco, una juventud abocada al estancamiento se revuelve en los campamentos. Y no es de extrañar; la situación de los campamentos en esta última década hace que sea imposible absorber el personal formado y capacitado, lo cual está generando un gran desánimo, especialmente entre el sector joven de la población. Esa falta de oportunidades, especialmente de jóvenes licenciados, así como la devaluación del trabajo comunitario a favor de profesiones de nueva creación (aquellas derivadas del trabajo para organizaciones internacionales o de los pequeños negocios creados) está generando un problema no solo económico, sino también social y político. Estos jóvenes que no encuentran su lugar en la sociedad establecida en los campamentos están convirtiéndose en el mayor foco de crítica al Frente Polisario y a la RASD por su gestión de las negociaciones de paz, así como en un factor de inestabilidad social. Además, el estancamiento político del conflicto acarrea la convivencia de esas dos estructuras políticas paralelas. Por un lado la RASD, reconocida por 85 Estados y miembro activo de la Unión Africana, y, por otro lado, el Frente Polisario, como movimiento de liberación nacional y único representante legítimo ante la comunidad internacional de la población saharaui.

Esta dicotomía RASD-Polisario constituye un claro condicionante estructural, no solo para el desarrollo de la población, sino, también, para la resolución del conflicto. La coexistencia de poderes se traduce en duplicidad de estructuras políticas y administrativas en los campamentos de Tinduf, lo cual, en ocasiones, da lugar a confusión entre los propios actores locales y entre la población. Por otra parte, dificulta la identificación de interlocutores adecuados para los actores internacionales. La nueva coyuntura ha obligado al Gobierno saharaui a apostar por la continuidad, de manera que han formado un equipo de gobierno con figuras de peso político y bien relacionadas con países amigos (como la propia Argelia), en detrimento de una posible renovación de cuadros, reclamada principalmente por la juventud.

El pueblo exiliado ha sufrido todos estos problemas. Pueblo esencialmente hospitalario, ha lamentado el secuestro de los cooperantes con gran pesar. Al mismo tiempo, los saharauis son consciente de que la crisis también les afecta a ellos. “Llevamos viviendo en crisis los últimos 36 años”, me comenta un amigo. Este año puede agudizarse esa situación. Ha disminuido la cantidad de vuelos chárter y lo mismo ha ocurrido con las caravanas de ayuda humanitaria, que, de momento, han pasado de tres por año a una. Pero hay que seguir adelante. A pesar del dificultoso panorama, por primera vez como arroz con pescado en una jaima. El desarrollo en el exilio continúa, y gracias a la tenacidad de algunos, llega pescado desde Mauritania. No nos engañemos, no deja de ser un producto de lujo en el desierto, y más cuando muchos refugiados dependen exclusivamente de la distribución alimentaria que la Media Luna Roja Saharaui garantiza mediante el apoyo externo.

Una de las cosas que no cambia aquí es la dimensión del tiempo. Parece que no corre. Y sin embargo, ya hay que coger al avión de regreso mientras dejamos, de nuevo, un pueblo resistiendo lo irresistible, allá en medio del desierto.


[1] En Rabuni hay unos depósitos de agua que parecen dos torres gemelas y así son llamados popularmente.


Aich, 05/06/2012
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