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Cuando la solidaridad surge de entre la barbarie

Los niños son siempre las víctimas más injustas de cualquier conflicto. Todas las víctimas son injustas. De hecho, todo conflicto armado es injusto porque los que sufren sus consecuencias son quienes no han hecho nada para provocarlo. Estos días nos horrorizan las imágenes terribles que nos llegan desde Gaza. Resulta incomprensible un uso tan desproporcionado de la violencia en base a un supuesto derecho a la defensa que lo único que está consiguiendo es infligir un dolor inimaginable para quienes vivimos cómodamente instalados frente a una pantalla. No existe justificación posible, no la hay, de ningún modo y en ningún grado, para el asesinato de personas indefensas. La maldad, el odio, el sadismo son los impulsores de esos crímenes contra la humanidad que están dejando a tantas familias destrozadas, que, a sangre fría, están cercenando la vida de quienes apenas habían empezado a vivirla, aunque fuese en condiciones infrahumanas.

Pero no quiero repetir lo que ya habréis leído en otros muchos artículos. Lo que pretendo con este post es poner un pequeño foco de luz sobre iniciativas solidarias que intentan que esos niños y niñas que viven en el infierno no pierdan la esperanza.

Hace unas semanas me llegó un email de la Fundación Mutua Madrileña en el que me invitaban a participar en el concurso de posts solidarios de los II Premios al Voluntariado Universitario y se me ocurrió que era una buena excusa para escribir este texto. No estoy muy seguro de que responda al 100% a los propósitos y al formato de la convocatoria, pero en cualquier caso sí responde a lo que quiero transmitiros hoy.

Podría fijarme en montones de conflictos. Lamentablemente, el planeta está repleto de ellos. Pero como no pretendo escribir una tesis, me voy a centrar en tres: la agresión de Israel a Palestina, la incomprensible (por lo menos para mí) guerra civil en Siria y el eterno olvido que padece el pueblo saharaui, oprimido y reprimido por el reino totalitario deMarruecos desde que España lo abandonó a su suerte. No voy a buscar causas ni a analizar los motivos de unos y otros, sino que voy a acercaros algunas iniciativas que intentan alejar, aunque sea durante unos días, a las víctimas más inocentes de la terrible realidad en que se han convertido sus vidas. De hecho, en conflictos eternos como el del Sahara los niños y niñas no han conocido nunca otra realidad, nunca han tenido la oportunidad de vivir en paz, de ejercer los mínimos derechos que se supone que nos pertenecen a todos los seres humanos por el simple hecho de nacer.

Sin embargo, son los niños saharauis los más “afortunados” de estas tres realidades, ya que cuentan con la solidaridad de buena parte de la comunidad internacional. En España, por ejemplo, desde hace tres décadas se organizan cada veranocolonias solidarias, ‘Vacaciones en paz’, mediante las cuales miles de estos pequeños que soportan durante todo el año las duras condiciones de vida de los campamentos de refugiados en el desierto tienen la oportunidad de convivir con familias españolas que los acogen en casa con los brazos abiertos. Este año son unos 4.500. En otros países europeos también se llevan a cabo iniciativas similares.

Lo que me parece más positivo del programa es que se establecen lazos afectivos realmente sólidos entre las familias de acogida y los niños, muchos de los cuales repiten cada año en la misma casa. Hay que aclarar que no son niños desatendidos por sus familias biológicas, sino todo lo contrario. Los padres colaboran con la iniciativa, conscientes de que sus hijos tienen de esta forma la oportunidad de disfrutar de unas vacaciones de otro modo inimaginables. Y por lo que he tenido ocasión de escuchar de familias que han participado en el programa, a menudo son ellas las que sacan mayor provecho humano de la experiencia.

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