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¿Por qué no me despertaste?

Esta entrada ha sido escrita por Ali Salem Iselmu, escritor perteneciente a la Generación de la Amistad Saharaui.

¿Por qué no me despertaste?, la mañana en que te levantaste por la madrugada al oír el impacto de las bombas caer cerca del campamento, sí sabías que soy sordo y era por la madrugada en plena oscuridad, ni siquiera me avisaste de que podíamos ser víctimas de un bombardeo. Te dirigiste de forma desesperada hacia el este en busca de aquel pozo de agua; mientras yo me quedé esperándote dentro de la jaima.

Te marchaste sin despedirte, creyendo que podías volver y yo me quedé esperando que volvieras, cuando realmente tú ibas a traer los bidones llenos de agua, pero el siroco empezó a soplar con mucha fuerza y duró toda la semana, y de esta forma me quedé incomunicado.

Aislado por nuestra lejanía del resto de jaimas del frig1 , sólo me quedaba de provisiones: veinte litros de aguas, cinco kilos de harina de trigo, cinco litros de manteca de cabra, un poco de leña, medio saco de estiércol de camello y un cuenco lleno de tiras de carne seca de cabra. 

Mi hermano Ahmed ante tanto miedo, siguió su camino durante esa madrugada, hasta llegar a aquel pozo en el que se reúnen todos los beduinos para darle de beber a su ganado, se acercó a una acacia cerca del pozo, y debajo de la arena sacó los bidones que había enterrado hace tres semanas, los apoyó uno al lado del otro, colocando unas piedras en las esquinas de cada bidón, para que el fuerte viento de arena no se los llevara, y le sirvieran para protegerse del impacto del siroco sobre su cuerpo.

Cubierto con su darraa2 de color azul y el turbante negro que tapaba su cabeza y su cara, Ahmed vio como una manada de camellos sedienta se aproximaba al pozo, sin la compañía de ningún pastor. Hecho que le llamó mucho la atención y no quiso acercarse, se mantuvo escondido en su lugar, observando detenidamente cualquier movimiento.

Después de una hora empezaron los camellos a abalanzarse sobre el pozo de agua, emitiendo sus berridos en una llamada de socorro, las lágrimas llenas de arena caían de sus ojos, y Ahmed temiendo a la llegada de las patrullas del ejército marroquí, seguía escondido contemplando esa escena terrorífica en la que veía, como cuatro camellas caían muertas de sed, porque nadie se acercó a coger el cubo y echarles agua, en las pequeñas fuentes hechas de cemento que están construidos alrededor del pozo.

Las horas iban pasando y la desesperación cada vez era mayor, la tormenta de arena empezó a tener menos intensidad, y las montañas de Meheiriz, y el gran río seco, lleno de acacias gigantes se veía con más claridad, a lo lejos un pastor se aproximaba al pozo con sus ovejas de color negro, y un palo de color marrón sujetaba en su brazo derecho, vestía una gandura del color de la arena e iba a paso rápido dirigiéndose al pozo en busca de agua para sus animales.

Cuando llegó aquel pastor y vio la escena de las cuatro camellas muertas y tendidas sobre la arena cerca del pozo, cogió el cubo hecho de neumáticos de un Land Rover y colocó la cuerda sobre una polea hecha de madera, y sujetada por un pequeño palo que se encuentra a la vez atada a un tronco que está al lado del pozo. Lanzó el cubo con su larga cuerda en las profundidades de aquel pozo hasta que chocó con el agua y se hundió. Así empezó a llenar las fuentes. Los camellos más fuertes y grandes empezaron a beber y beber, y aquel pastor de las ovejas en un esfuerzo increíble, logró darle de beber a cerca de 30 camellos salvándoles la vida.

Ahmed seguía contemplando la escena del pastor que luchaba contra la tormenta de arena, y no se cansaba de sacar agua para aquellos camellos y sus ovejas. Es un hombre curtido por el desierto, delgado y esbelto, acostumbrado a beber té verde y comer pocos dátiles. 

Cuando recuperó la confianza y perdió el miedo, asegurándose primero que nadie estaba cerca, Ahmed abandonó la acacia espinosa y los bidones vacíos, se aproximó lentamente al pozo, los camellos estaban comiendo los arbustos secos del interior de ese gran río seco, las ovejas seguían bebiendo de las fuentes de agua, y el pastor con su turbante negro atado a su cintura, fumaba picadura de tabaco en su pipa hecha de hueso de cabra.

Se acercó a él, intercambiaron varios saludos e inmediatamente escucharon el sonido de la aviación marroquí, que seguía persiguiendo las unidades del ejército saharaui que estaban desplegadas en la ladera de la montaña y camufladas de varios troncos y ramas de vegetación.

Ahmed junto con el pastor, abandonaron su ganado y su campamento nómada, y siguieron su huida hacia el este, hasta alejarse de las zonas de combate y ponerse a salvo.

De sus familiares no supieron nada. Al alejarse, y cruzar la frontera del Sahara Occidental, pudieron salir con vida y ser rescatados por un ambulancia de la Media Luna Roja Saharaui, que transportaba heridos hacia los asentamientos de refugiados saharauis, que se estaban instalando en aquel entonces, al sur de la ciudad argelina de Tinduf.

Cuarenta años después, Ahmed volvió a aquel pozo de agua que se encuentra actualmente cerca del muro que ha construido Marruecos y que divide el Sáhara Occidental. Contempló a aquella acacia y se acercó a ella, cogió una pala y empezó a sacar la arena hasta que logró encontrar restos oxidados de aquellos bidones que él mismo había enterrado en ese lugar. En ese momento se acordó de su hermano sordo y de la jaima de su familia, y de aquel campamento nómada del que no se supo nada más.

La memoria de tantos desaparecidos en aquellos días, sigue presente en el recuerdo de muchos saharauis, que salieron para buscar agua y no pudieron volver a sus lugares de acampada y pastoreo.

1 Campamento de jaimas de nómadas.

2 Vestimenta tradicional del hombre en el Sáhara Occidental y en Mauritania.


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