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El mar de El Güera, la parte más desconocida de la historia del conflicto saharaui

por Violeta Ruano

“Érase una vez un pescador saharaui que estaba enamorado del Atlántico.” Este podía ser perfectamente el principio de un cuento de niños saharaui. Y no solamente de niños. También de beduinos del océano, pescadores viajeros y marisqueras a camello. Una de esas historias que se transmiten de generación en generación, junto a las tradiciones y al orgullo por la tierra o, en este caso, por el mar. Casi siempre que pensamos en el pueblo saharaui, nos viene a la mente el desierto, ya sea la dureza de la hamada argelina, donde se asientan los campamentos de refugiados desde hace más de 38 años, o la belleza de las tierras libres, o liberadas, donde los pastores nómadas, los hijos de las nubes, se movían de forma incansable en busca de lluvia y pastos verdes para alimentar a su ganado de cabras y dromedarios. Pocas veces pensamos en el mar y en esos 1200km de costa que pertenecen a ellos por derecho y que les fueron brutalmente arrebatados en 1975. 

Y aún cuando lo hacemos, nos olvidamos de su parte más sureña. A pesar de lo que suele decirse, la antigua colonia española del Sáhara Occidental está actualmente dividida en tres partes y no dos: al oeste, los territorios ocupados por Marruecos, al este, los territorios liberados, controlados por el Frente Polisario, y al sur, más allá del muro y las minas antipersona, en la mitad atlántica de la península de Cabo Blanco, bajo la administración de Mauritania, se encuentra El Güera.

La península de Cabo Blanco es un pequeñísimo apéndice en comparación con el resto del cuerpo continental africano. Casi podría pasar desapercibido de no ser porque desde su puerto principal en Nuadibú se exportan cada año a Europa miles y miles de toneladas de mineral de hierro y pescado, entre otros recursos naturales. El hierro proviene de las minas desérticas de la provincia mauritana de Zuerat, al noreste del país. Estas están directamente unidas al puerto por el tren más largo del mundo, una larguísima serpiente de vagones de metal de más de 3km de longitud tirada por tres locomotoras que fue construida en 1963. El material pasa directamente del tren a los cargueros a través de unas gigantescas cintas transportadoras pertenecientes a la SNIM, la Sociedad Nacional de Industria y Minería, quien tiene el monopolio de la exportación del hierro en la zona.

El pescado proviene de las ricas aguas de esa región del Atlántico, una de las principales fuentes de abastecimiento del mercado europeo. Nuadibú, declarado puerto franco, es un punto clave para la economía mauritana y el gobierno de Mohamed uld Abdelaziz quiere ahora convertirlo en paso obligatorio para controlar todas las exportaciones de pescado del país. Es, realmente, un negocio redondo que cada vez atrae más capital extranjero, incluyendo empresas españolas, muchas de ellas canarias. Como consecuencia, y a pesar de que las infraestructuras existentes siguen siendo mayoritariamente industriales, poco a poco se ven aflorando también pequeños resorts turísticos, hoteles y restaurantes por toda la ciudad y las tranquilas playas cercanas, en contraste con las calles bañadas de arena, bolsas de plástico y basura por doquier, los animales que campan a sus anchas entre los coches y el bullicioso mercado tradicional. 


Sin embargo, justo al otro lado de la península, a unos escasos 10km al oeste, se extiende un territorio prácticamente virgen, de playas más agrestes y desérticas, sin carreteras ni construcción alguna aparte de pequeños refugios de pescadores y donde se pueden pasar días enteros sin ver absolutamente a nadie. Es el mar Sahel, como lo llaman los saharauis afincados en Nuadibú, o El Güera, como lo llamaron los españoles.

El Güera o La Güera es en realidad un antiguo asentamiento colonial español a orillas del Atlántico que lleva casi cuatro décadas abandonado. Hoy en día tan solo quedan los restos derruidos de lo que fue un pueblo costero donde los saharauis y los españoles convivían en relativa armonía, y que fue escenario de una carnicería cuando España cedió ilegalmente las administración de su colonia a Marruecos y Mauritania en los secretos acuerdos tripartitos de Madrid de 1975. El ejército mauritano estuvo en guerra con el ejército de liberación saharaui hasta 1979, tiempo durante el cual bombardeó y saqueó la ciudad de El Güera, forzando a la población indígena a huir. Al contrario que sus compatriotas del norte, muchas de estas familias saharauis no cruzaron el desierto hasta Argelia, sino que se asentaron en el mismo Nuadibú, pasando a formar parte de la numerosa comunidad saharaui que ya existía en la ciudad. Hoy en día, todavía se pueden observar en Nuadibú y sus alrededores construcciones con tejados de uralita y otros materiales de origen español que fueron tomados a la fuerza de El Güera.
A pesar de que Mauritania firmó la paz con el Frente Polisario y reconoció a la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática en 1979, el pedazo de costa saharaui que había quedado bajo su administración no pasó, como cabía esperar, a manos saharauis, sino que quedó de facto controlada por Marruecos. Todo menos las tierras de la península de Cabo Blanco, que a día de hoy siguen “administradas” por el gobierno mauritano hasta que se encuentre una solución al conflicto, lo que impide que el pueblo saharaui pueda beneficiarse de sus recursos. Viajando en coche todoterreno desde Nuadibú no se puede observar, sin embargo, una frontera visible y los pescadores mauritanos acuden de forma regular a faenar a sus costas, echando sus redes sin restricciones aparentes.

La ciudad fantasma de El Güera se encuentra actualmente bajo control policial y es necesario un permiso especial para visitarla. Además, la guardia costera y la policía mauritanas vigilan la zona para evitar posibles casos de contrabando de droga y para regular el paso de extranjeros, sobre todo en la parte norte, donde aún existe peligro de minas en las proximidades del extremo meridional del muro de separación marroquí. La situación en esta “tierra de nadie”, por tanto, dista mucho de ser segura. Y aún así, es quizá el único lugar desde el cual los saharauis pueden acceder de forma libre a su propia costa, y disfrutar de la pesca de la baila, y recoger percebes gigantes de su tierra, y acampar con sus jaimas a la orilla del mar.

A día de hoy, casi cuatro décadas después de que España los abandonara a su suerte, la mayor parte de la población saharaui sigue sobreviviendo en campamentos de refugiados, desarrollando el arte de la paciencia hasta límites insospechados, siempre con la desoladora sensación de estar de prestado, incluso cuando visitan su propia tierra. ¿Hasta cuando?





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